La deuda del crecimiento

Giorgio Mosangini
Col·lectiu d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament

 

El artículo resume el intento de definir un concepto de deuda del crecimiento de los países del Norte respecto a los del Sur, reflexión expuesta con más detalle en el artículo “decrecimiento y cooperación internacional”. El texto ha sido publicado en el boletín electrónico de noviembre-diciembre 2007 de l’Observatori del Deute en la Globalització (ODG).

El decrecimiento es una corriente de pensamiento y un movimiento social que se ha ido consolidando en los últimos años en Francia y luego en Italia. Recientemente ha llegado a España impulsado por colectivos como la Entesa pel Decreixement en Cataluña. El propósito del decrecimiento es evidenciar la insostenibilidad estructural del modelo de crecimiento económico y difundir alternativas que permitan salir de la lógica de crecimiento y construir sociedades que recuperen la sostenibilidad ambiental y social.

Desde un punto de vista teórico el decrecimiento tiene unos antecedentes muy diversos y desde múltiples disciplinas (economía, filosofía, biología, ecología política, etc.), destacando de manera particular el trabajo teórico del economista Nicholas Georgescu-Roegen que, al aplicar las leyes de la termodinámica a la economía, ha ilustrado el carácter ilusorio de los modelos de crecimiento ilimitado. El desarrollo teórico reciente se ha dado sobre todo en Francia, impulsado por autores como Serge Latouche. Como movimiento social, el decrecimiento ha supuesto la multiplicación de iniciativas de difusión de sus ideas y la puesta en marcha de alternativas a la economía tradicional.

Podemos decir que el punto de partida del decrecimiento es la toma de conciencia de que vivimos en un mundo imposible.

El índice de la Huella Ecológica permite visualizar esquemáticamente el carácter irreal del modelo de economía de crecimiento continuo que caracteriza nuestras sociedades. El índice es una estimación del área de tierra y mar necesaria para producir lo que consumimos y absorber nuestros desechos. Como todo indicador, es limitado. En cualquier caso, es una valoración conservadora que permite evidenciar lo esencial: el modelo de crecimiento económico occidental ha alcanzado un grado de insostenibilidad ecológica que pone en entredicho la supervivencia del planeta.

Así, la huella ecológica nos muestra que desde finales de los años 80 la humanidad ha superado las capacidades de carga y de regeneración de la biosfera. Es decir, ya no hay suficiente área de tierra y mar para proporcionar los recursos que utilizamos y absorber nuestros desechos. Esta situación nunca se había dado antes y se agrava sin parar debido al crecimiento económico. En el año 2003, el consumo humano ya había superado en un 25% la capacidad de regeneración del planeta. Aquí tenemos nuestro mundo imposible: vivimos como si tuviéramos disponibles 1,2 planetas tierra.

Pero, ¿cómo puede ser que utilicemos más de un planeta? ¿Cómo podemos vivir en un mundo irreal?

La primera explicación es la insostenibilidad ecológica: estamos deteriorando irreversiblemente los recursos de la tierra. Con el modelo de crecimiento ilimitado, la humanidad ha pasado de depender del flujo de radiación solar como el resto de las especies (que a escala humana es una fuente de energía que se puede considerar ilimitada), a depender de un stock finito de materia y energía presente en la corteza terrestre (petróleo, gas, minerales, etc.). El crecimiento continuo acelera el ritmo de agotamiento de todos estos recursos. Cuanto más crezcamos, antes se agotarán. En este sentido, el economista Georgescu-Roegen definió muy bien cuál es la naturaleza del proceso económico: transformar materia y energía valiosas en residuos inaprovechables. Así, vivimos en un mundo imposible gracias al derroche de recursos que la tierra ha generado a lo largo de su existencia. El ejemplo del petróleo es muy claro: en poco más de un siglo el capitalismo habrá conseguido acabar con un recurso no renovable y finito que el planeta tardó millones de años en acumular.

La segunda explicación de cómo podemos vivir en un mundo irreal es la insostenibilidad social: la responsabilidad en el exceso de las capacidades de regeneración del planeta no recae en el conjunto de la población mundial, sino en los países del Norte y en las élites de los países del Sur. Es el modelo de crecimiento occidental el que está llevando al planeta al borde del colapso. Mientras la mayoría de la población mundial sigue viviendo sin sobrepasar las capacidades de carga de la tierra y respetando los límites físicos de la biosfera, para universalizar el estilo de vida de un ciudadano de la UE necesitaríamos 3 planetas, y para que todo el mundo viva como un habitante medio de los EEUU deberíamos contar con más de 5 planetas.

En definitiva, en los países del Norte vivimos en un mundo imposible debido al deterioro irrevocable de la biosfera y a la confiscación de los recursos del resto de la población mundial. Como la capacidad de carga del planeta ya se ha superado, vemos que no se trata solamente de que el modelo occidental no sea extensible a escala universal: ni tan siquiera se puede mantener en el Norte en sus condiciones actuales.

El decrecimiento surge entonces como la necesidad de romper con este mundo imposible de crecimiento sin fin. Por otro lado, también constituye un paraguas de alternativas y sugiere múltiples caminos para recuperar un mundo ecológica y socialmente sostenible.

Desde esta perspectiva, podemos valorar cómo los análisis y las propuestas del decrecimiento pueden afectar a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional.

La Huella Ecológica nos permite situar en los países del Norte y en su modelo de crecimiento económico ilimitado la responsabilidad de la destrucción creciente de la biosfera y de que la humanidad haya superado el techo natural máximo de consumo.

En este sentido, defendemos la necesidad de definir un concepto de deuda del crecimiento. Ante la insostenibilidad ecológica alcanzada por la humanidad, la degradación creciente de materia y energía y el incremento resultante de desigualdades e injusticias sociales, los países del Norte son deudores de crecimiento mientras que los países del Sur son acreedores de crecimiento. El exceso de crecimiento en el Norte y sus impactos negativos se sufren y se pagan en primer término en los países del Sur, mientras sus poblaciones no tienen responsabilidad en el sobreconsumo y en la generación de la crisis ecológica sin precedentes que vive la humanidad.

Consideramos que la deuda del crecimiento debería incorporar el conjunto de deudas definidas a partir del estudio de los impactos del modelo de crecimiento occidental en los países del Sur, tales como:

  • La deuda ecológica:

    • La deuda de carbono (el modelo de crecimiento económico del Norte genera emisiones de dióxido de carbono que superan la capacidad de absorción natural y causan impactos ecológicos como el calentamiento global)

    • La biopiratería (las transnacionales del Norte se apropian de la diversidad cultural y biológica registrando la propiedad intelectual de recursos y conocimientos tradicionales existentes en los países del Sur)

    • Pasivos ambientales (el crecimiento económico en el Norte se nutre de la extracción de recursos a precios muy bajos y con costes ecológicos altos en los países del Sur)

    • Exportación de residuos (residuos del modelo de producción y consumo en el Norte se trasladan a los países del Sur generando graves impactos ecológicos)

  • La deuda social (impacto del crecimiento de los países del Norte en las condiciones de vida, de salud, y de derechos humanos de la poblaciones del Sur)

  • La deuda cultural (el modelo uniforme de producción y consumo impuesto por el crecimiento económico avanza paralelamente a la destrucción de culturas y formas de vida milenarias en los países del Sur)

  • La deuda histórica (el crecimiento económico en el Norte hunde sus raíces en la colonización y las múltiples formas renovadas de dominación)

  • La deuda económica (el crecimiento económico del Norte se sustenta en el intercambio desigual con los países del Sur)

  • Etc.

Contemplar la cooperación al desarrollo desde la perspectiva de la deuda del crecimiento obliga a replantear completamente sus cimientos. El decrecimiento nos enseña que el problema no son los países del Sur ni su hipotético “subdesarrollo”. El problema son los países del Norte, el modelo occidental que condena la sostenibilidad ambiental y social del planeta. Lo que se requiere cambiar es ante todo el Norte. El problema no es la pobreza, el problema es nuestra mal entendida “riqueza”, el consumo creciente y excesivo que nos ha llevado a vivir en un mundo imposible, en el que una tierra por sí sola ya no es suficiente. La cuestión social también tiene que entenderse desde esta perspectiva, ya que las desigualdades avanzan paralelamente al deterioro ecológico. Volver a respetar la sostenibilidad ecológica y social, no superar la capacidad de carga del planeta, enfrentar de manera solidaria la degradación irrevocable de la materia y la energía, deberían ser los contenidos básicos de la agenda de trabajo de la cooperación internacional.

La cooperación internacional tal y como se entiende actualmente (esencialmente un flujo de donación monetaria y de asistencia técnica desde los países más ricos hacia los países empobrecidos) debería reformularse de acuerdo a un doble mecanismo de colaboración para la puesta en práctica del decrecimiento en el Norte y de mecanismos de compensación de la deuda del crecimiento en el Sur.

La puesta en marcha de sociedades de decrecimiento en los países del Norte deberá permitirles volver a situarse por debajo del techo ecológico máximo de consumo marcado por las capacidades de regeneración de la biosfera.

Como orientaciones básicas acerca de cómo encaminar a los países del Norte hacia sociedades de decrecimiento sólo apuntaremos algunos de los ejes de trabajo claves al respecto.

Flujos de recursos materiales y energéticos

Una de las exigencias centrales del decrecimiento es que el consumo de materia y energía por persona a escala global vuelva a situarse dentro de los límites de la capacidad de carga del planeta. Los países del Norte han crecido desmesuradamente gracias a un “subsidio fósil” que ha permitido a la economía crecer sin parar sustentándose en la extracción de recursos finitos (petróleo, carbón, etc.). Revertir esta tendencia y permitir la supervivencia del planeta probablemente implique pasar a economías fotosintéticas basadas en el aprovechamiento de flujos. Para el Norte, esto implica un cambio completo del modelo energético. Es decir, una transformación radical de los modelos de sociedades y economías. La sostenibilidad a escala de luz solar obliga a descartar gran parte de los componentes de nuestro sistema de transporte, de industria y de agricultura.

El modelo occidental actual se sustenta en la depredación de recursos originarios del Sur. Los flujos materiales y energéticos provenientes de los países del Sur, a precios bajos, en condiciones desfavorables, con altos impactos ambientales y sociales, son los que permiten en primer término mantener los ritmos de producción y consumo de los países del Norte. El decrecimiento en occidente implica el cese de esos flujos en las condiciones actuales, superando el espejismo de un crecimiento infinito al precio de la degradación irrevocable del medio ambiente en el Sur.

Modelos agrícolas

Respecto a la producción de alimentos y a los modelos agrícolas, el decrecimiento aboga por implementar modelos agroecológicos en el Norte. El modelo agrícola occidental depende en su totalidad del petróleo (tractores, fertilizantes, agroquímicos, sistema internacional de transporte de alimentos, etc.), un recurso finito que el crecimiento ya ha condenado al agotamiento a medio plazo. Volver a una agricultura respetuosa de la naturaleza requiere la producción de alimentos a una escala más local, respetando los ciclos de regeneración natural y de absorción de desechos. Esto implica redimensionar los tamaños de las grandes urbes, volviendo a incorporar terrenos agrícolas en las ciudades para garantizar su abastecimiento alimentario. Decrecer conlleva en definitiva sustentar la agricultura esencialmente en los recursos locales, dejando de depredar el espacio exterior al importar recursos naturales y energía en condiciones injustas para los países del Sur y al exportar hacia sus territorios nuestros residuos.

Modelos industriales y de producción de bienes

El decrecimiento en el Norte implica cambios radicales en los modelos industriales, asegurando que éstos no superen la capacidad de carga de la tierra en cuanto a consumo de materia y energía. El cambio más importante es ante todo cultural, al pasar de concebir los productos de la industria como bienes de consumo a entenderlos como bienes durables. Los materiales no renovables extraídos en la historia del crecimiento capitalista deberían ser más que suficientes para asegurar una calidad de vida adecuada de las poblaciones del Norte. Así, el sistema industrial tendría que reorientarse de la extracción de materiales y energía y de la producción de bienes hacia el reciclaje y el mantenimiento de los mismos.

Más allá de la producción de bienes durables, el decrecimiento debe pasar sobre todo por poner énfasis en la producción de bienes sociales y relacionales, entendiendo que la obtención de bienestar y de valor no pasa necesariamente por el consumo de materia y energía, sino por la recuperación de una ética del cuidado de la vida humana y del planeta.

Mecanismos de compensación de la deuda del crecimiento

Aunque el “pago” de la deuda de crecimiento pase esencialmente por cambios en el Norte, la situación actual en el Sur obliga a contemplar también formas de resarcimiento de la deuda del crecimiento. Se tendrían que establecer compensaciones por lo menos para paliar algunos de los aspectos más negativos de la deuda, como el exceso de emisiones de dióxido de carbono, los pasivos ambientales y la contaminación producto de la exportación de residuos tóxicos.

Hemos abordado algunas de las pistas necesarias para emprender el camino del decrecimiento en los países del Norte. Quedarían por tratar muchas otras estrategias ya que un cambio radical de modelo económico y social exige múltiples enfoques y frentes de lucha. Por lo pronto, queríamos ilustrar como la deuda del crecimiento requiere una profunda revisión en la manera de contemplar las relaciones Norte-Sur y la cooperación internacional. Actuar sobre los impactos sociales y ecológicos en los países del Sur no puede ser suficiente. El futuro de la humanidad y del planeta reclama con urgencia un modelo de cooperación internacional que nos permita revertir el crecimiento económico ilimitado de los países del Norte, salirnos del mundo irreal en el que nos ha sumido, y devolver un mundo posible a las futuras generaciones.

 

Septiembre de 2007

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