La Cooperación al Desarrollo: ¿Un concepto agotado o mal usado?

Carla Cors Oroval
El Col·lectiu

Después de más cinco décadas de cooperación al desarrollo, si bien es cierto que en algunos países empobrecidos (sobretodo en América Latina) el promedio de la población cuenta con mejores índices de salud y educación o con mayores posibilidades de vivir en un democracia pluripartidista, es absolutamente alarmante que este proceso haya ido acompañado en paralelo de una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza, del bienestar y de las oportunidades. En efecto, la desigualdad ataca fuertemente a millones de personas que viven condenadas a una miseria permanente. En este sentido, parece que la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) ha sido un fracaso ya que no ha cumplido con su objetivo de favorecer al desarrollo y el bienestar de la población en los países receptores de dicha ayuda. La crisis del sistema de ayuda en los últimos años ha hecho saltar la alarma de donantes y receptores, generando a nivel internacional, un conjunto de medidas concretas para su mejora establecidas en la Declaración de París del año 2005, firmada por 90 países donantes y receptores y 27 instituciones en el marco del Segundo Foro de Alto Nivel sobre la Eficacia de la Ayuda. Dicha Declaración pone su acento en la gestión, eficacia y calidad de la ayuda, entendida como los flujos de recursos destinados a la lucha contra la pobreza. A pesar de las nuevas definiciones de desarrollo establecidas a partir del paradigma de desarrollo humano, el objetivo Hampi, India (A. Landeros, ODG) principal sigue siendo el desarrollo económico y su instrumento básico, la transferencia de recursos. Pero como nos demuestran las escalofriantes cifras que nos desvela cada año el Informe de Desarrollo Humano del PNUD, el problema básico de la pobreza es la desigualdad, es decir, el aumento de las diferencias socioeconómicas.

Precisamente la lucha contra las injusticias Norte­Sur para dirimir dichas diferencias y el trabajo para una mejora de las condiciones de las poblaciones del Sur, entendida no solo como el alcance de mayores niveles de bienestar, sino también como el cambio de la situación de las personas dentro de sus sociedades, fueron los objetivos de muchas de las ONG’s de izquierdas en sus orígenes. En efecto, muchas de estas organizaciones entendieron la cooperación como una herramienta para la transformación de las estructuras económicas y sociales para avanzar hacia un mundo más equitativo y justo. Es decir, un proceso desde el cual generar alternativas al sistema.

Sin embargo, el sistema de ayuda al desarrollo parece haber conseguido homogeneizar a buena parte los diferentes actores de la cooperación e integrarlos dentro del modelo económico vigente. La transformación de los objetivos iniciales de las ONG’s por aquellos que establecen las convocatorias de los agentes financiadores o el uso de determinados instrumentos, así lo demuestran. Hoy en día, la mayoría de las ONG’s, sostengan una visión asistencial de la cooperación o alternativa, suelen utilizan instrumentos parecidos. Por ejemplo, la proliferación del uso de microcréditos como instrumento de AOD, cuyos resultados suelen generar una mayor dependencia económica y a menudo, el empobrecimiento a largo plazo de muchos de sus “beneficiarios”, al mismo tiempo que introducen la lógica financiera en pueblos que habían permanecido ajenos a ésta.

La globalización y su consecuente competencia por los recursos, ha generado que muchas ONG’s caigan en el juego de un sistema que produce lógicas clientelistas, provocando que a menudo la cooperación sea vista bajo las necesidades de supervivencia de la organización, por encima de los objetivos que llevaron a su constitución. Esta relación dependiente conlleva un peligroso avance hacia actitudes acríticas frente al sistema de cooperación y frente al modelo de desarrollo que la cooperación promueve. Parecería lógico pensar que si esto ocurre y el sistema de cooperación no se cuestiona, debe ser que a todos los actores que forman parte de éste les conviene y les es cómodo. Unos mantienen su estructura o incluso crecen, y los otros cumplen con los compromisos adquiridos de aumento del porcentaje de AOD y de ese modo, cultivan el apoyo político necesario para enfrentarse a los siguientes comicios, al tiempo que apaciguan potenciales convulsiones sociales frente a los niveles de exclusión que está generando la globalización económica, tanto en el Sur como en el Norte. Por consiguiente, parece que la lógica donantes­receptores ha ganado la batalla a los propósitos que alzaron el surgimiento de muchas organizaciones progresistas.

Afortunadamente, no todos los agentes de la cooperación actúan de la misma forma y algunas ONG’s y otros actores del sector, se cuestionan a nivel local, nacional e internacional, aquellas políticas de cooperación al desarrollo que en vez de generar mayor autonomía y capacidad a los pueblos del Sur, generan mayores dependencias e injusticias. La falta de coherencia dentro de la política de cooperación al desarrollo y entre ésta y el resto de políticas públicas, es una de las cuestiones que más perjudica a los objetivos de lucha contra las desigualdades y uno de los elementos donde con más evidencia, se muestra el interés de la mayoría de las administraciones del Norte, en mantener el modelo económico global. Un ejemplo de la falta de coherencia, es el mantenimiento de la ayuda ligada o condicionada. En el caso español, ésta se refiere a la continua existencia e incluso crecimiento de los créditos FAD (Fondo de Ayuda al Desarrollo) que aún y contabilizarse como AOD, siguen respondiendo a la función para la cual fueron creados: el apoyo a la internacionalización de las empresas españolas. El hecho que la cooperación al desarrollo se gestione principalmente desde el Ministerio de Asuntos Exteriores también parece indicar que la cooperación responde fundamentalmente a los intereses del estado y de las empresas con capital español, por encima de las lógicas filantrópicas o de justicia social. Algo que se agudiza si tenemos en cuenta que los créditos FAD, uno de los instrumentos estrella de la cooperación española, se gestionan desde el Ministerio de Industria, Turismo y comercio. El caso europeo, sigue la misma lógica. Según la Constitución Europea, la política de desarrollo es un componente esencial de la política de acción exterior de la UE, que incluye la política de Seguridad Común y la política Comercial Común.

Por otro lado, observamos como poco o nada tiene que hacer la política de cooperación, mientras otras políticas, como las comerciales, las económicas o las migratorias, se encargan de generar y mantener un modelo de desarrollo económico que refuerza la dependencia y conlleva impactos absolutamente negativos para el Sur, tanto a nivel económico y social, como ambiental. En efecto, el modelo de desarrollo que se ha venido exportando del Norte al Sur sin cuestionar su validez, ha generado un aumento progresivo de exclusión económica y social, ha disminuido el ejercicio de los derechos humanos y ha reducido progresivamente el nivel de libertades. En este sentido, cabe recordar como el crecimiento incesante del proceso de urbanización debido en gran medida al desmantelamiento de la economía campesina, ha provocado el incremento de bolsas de pobreza urbana, marginando a amplios sectores de la población de los ámbitos de decisión política, económica, social y cultural. La ubicación de las multinacionales en muchos países del Sur y la necesidad de subsistencia de su población, ha recortado los mínimos derechos laborales y sociales de los trabajadores. Las libertades, como las de movimiento, han sido recortadas en nombre de la seguridad internacional y del control de los flujos migratorios.

Mientras, la globalización ha ido dejando su huella bajo las formas de crisis alimentaria, crisis energética, falta de acceso al agua potable, etc. En este sentido, es evidente que el deterioro ambiental provocado por el crecimiento sin límites del consumo en los países del norte y de la pobreza en el Sur están íntimamente relacionados. De echo, el último Informe sobre Desarrollo Humano 2007­2008 del PNUD, llama la atención específicamente sobre el cambio climático y señala que éste puede llegar a paralizar y revertir el desarrollo humano afectando a la población agrícola y a la seguridad alimentaria y a la falta de agua, transformando los ecosistemas y la biodiversidad y generando nuevas enfermedades.

Ciertamente, hoy en día ya nada ni nadie escapa de los efectos negativos de la globalización económica, aunque obviamente, las oportunidades de salir a flote distan mucho de un rincón a otro del planeta. Curiosamente, mientras estos efectos son globales, las expresiones de cooperación y solidaridad se han ido extendiendo, alcanzando incluso a los actores más beneficiados por el sistema. Éstos ven en la supuesta cooperación que despliegan una forma de propaganda y de valor añadido a sus productos. De ese modo, encontramos productos de comercio justo en grandes almacenes junto a nombres de empresas sobradamente conocidas por sus efectosdesastrosos para las poblaciones del Sur, bancos que realizan viajes solidarios y marcas de ropa que, aunque sus productos se realicen en maquiladoras centroamericanas o talleres clandestinos del norte de África, predican sus compromisos de Responsabilidad Social Empresarial. El marketing social llega a todos los rincones y todas las empresas quieren contar con él. Así las cosas, parece que el modelo vigente ha conseguido doblar a las voluntades de las primeras expresiones de cooperación y solidaridad, apareciendo nuevas fórmulas que no sólo no pretenden cambiar las estructuras socioeconómicas del sistema, sino que se muestran como elementos integradores de éste.

Por todo esto, cada día se hace más urgente y necesaria la repolitización de la cooperación al desarrollo. Apadrinar o no apadrinar niños o utilizar ciertas imágenes del Sur con finalidades publicitarias o negarse a ello, no puede ser los únicos rasgos diferenciadores entre las ONG’s conservadoras y las que defienden alternativas al modelo. Entender la cooperación como elemento de cambio, como instrumento para luchar contra las injusticias, requiere otros instrumentos y nuevas estrategias. Evidentemente que las acciones que se puedan llevar a cabo a través de la cooperación no van a transformar por si solas la realidad y sus injusticias, pero pueden favorecer a dar visibilidad a los efectos perversos del sistema y a generar una mayor conciencia sobre la insostenibilidad del mismo y la necesidad de romper con él para avanzar hacia nuevas formas que, bajo otros modelos de desarrollo, generen mayor equidad y justicia social.

Junio de 2008

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